Y hay otros que descubrimos años después.
Hace unos días, una clienta me dijo algo que se quedó conmigo:
“No sé si te lo había dicho, pero hacía mucho tiempo que no me sentía tan guapa. Durante casi cinco años había perdido la confianza en cómo me veía. Y hasta ahora vuelvo a sentirme segura de mí.”
Lo que más me sorprendió fue cuando encontró su explicación.
La pandemia.
Cinco años después, seguía viviendo una consecuencia relacionada con ese momento de su vida.
Y me hizo pensar en algo.
Vivimos hablando del impacto que tienen los grandes acontecimientos en nuestra salud, nuestro trabajo o nuestras relaciones.
Pero pocas veces hablamos de cómo también transforman la relación con nuestra propia imagen.
Porque la vida pasa.
Nos adaptamos.
Resolvemos.
Seguimos adelante.
Y, sin darnos cuenta, dejamos partes de nosotros en pausa.
La mujer que disfrutaba arreglarse.
La que se miraba al espejo con amabilidad.
La que elegía su ropa desde el disfrute y no solo desde la practicidad.
No desaparecen.
Simplemente dejan de tener espacio.
Por eso, muchas veces, el problema no está en el clóset.
Está en que llevamos tanto tiempo sobreviviendo a una etapa, que olvidamos volver a encontrarnos cuando esa etapa termina.
Quizás por eso vestirnos nunca ha sido solo una decisión estética.
Es una forma de hacer visible la relación que tenemos con nosotros mismos.
Y cuando esa relación cambia, el espejo deja de ser un lugar donde buscamos aprobación y se convierte en un lugar donde volvemos a reconocernos. Porque, a veces, sentirse guapa no tiene que ver con verse diferente.
Tiene que ver con volver a sentirse en casa con una misma.
Un abrazo,
Jessi.





