Te vas. Con una maleta que intenta meter toda tu vida en 23 kilos. Con ropa “por si hace frío”, “por si tengo una reunión”, “por si salgo a caminar”, “por si salgo a conocer gente nueva”. Pero la realidad es que no sabes qué llevarte, porque tampoco sabes muy bien en quién te estás convirtiendo.
Eliges prendas que te han acompañado siempre, y otras que crees que te van a servir para esta nueva etapa. Pero nada termina de encajar. Porque en el fondo, no es solo una mudanza. Es una despedida de lo que conocías. De las rutinas, de los espacios, del compartir familiar y con amigos. De lo cómodo… y también de lo que ya no te hacía bien.
Y aparece ese vacío en el estomago. Porque no sabes cuándo vas a volver. O porque, siendo sinceras, sabes que quizás no vas a volver.
Y ahí el cuerpo lo siente.
Te miras al espejo y hay algo distinto. La ropa pesa más. Las decisiones pequeñas —como elegir que ponerte— se sienten enormes. Porque vestirse cuando todo se está reacomodando por dentro… no es tan fácil.
Llegas. Y el clima cambia.
La humedad o el frío te resecan la piel.
El agua no te ayuda. El sueño cambia. El apetito también. Tu reflejo se ve diferente. Y hay días en los que, simplemente, nada de lo que llevaste representa a esa nueva versión que empieza a emerger. Porque no se trata solo de cambiar de país, de ciudad o de casa. se trata de empezar a habitarte desde otro lugar.
Habrá días en los que solo vas a querer sentirte contenida. Otros en los que vas a buscar reafirmarte, reconocerte en un color, en una silueta, en una textura que te devuelva un poco de ti. Pero incluso eso es un proceso. Vestirte, mirarte, reencontrarte… también es parte del duelo y del renacer.
Y quizás, lo más honesto que puedas hacer en este momento, sea permitirte sentir.
Hacer una pausa. Y seguir.
Permítete evolucionar, aunque aún o sepas cómo.
Porque mudarte no es solo cambiar de lugar.
Es también permitirte volver a ti, aunque sea desde una nueva dirección.
XO Jessi.






